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Isabella, de 12 años, llegaba todos los días a su casa muy triste y angustiada. Su mamá Andrea, le preguntaba qué le sucedía y la niña nunca respondía. Isabella constantemente se encerraba en su habitación y no hablaba con nadie, en las mañanas siempre amanecía con dolor de estómago o con algún síntoma que a veces le impedía ir a estudiar. Con el pasar de los días, Andrea empezó a preocuparse por su hija, y decidió prestarle mayor atención a su comportamiento.
Revisó su morral y encontró en su cuaderno de sociales una página llena de insultos hacía su hija por su estatura.
Con preocupación fue al colegio y habló tanto con la profesora de Isabella, como con la coordinadora de convivencia, quienes le aseguraron que todo estaba bajo control y que era una situación inocente de niños. Se comprometieron a hacer seguimiento y cortar de raíz el problema.
Con el paso de los días, Andrea veía que la actitud de su hija no mejoraba y que seguía llorando a escondidas en su cuarto y sin ganas de ir al colegio. Decidió volver al colegio y hablar con el rector, quien le pidió tener paciencia y tranquilidad porque ellos estaban trabajando en solucionar la situación.
Desesperada porque en el colegio no hacían nada, Andrea preguntó a todos sus conocidos, hasta que un amigo le contó del programa de Mediación Escolar Hermes del Centro de Arbitraje y Conciliación de la Cámara de Comercio de Bogotá, mediante el cual a través del fomento de la convivencia pacífica se había logrado atacar el bullying, el cyberbullyng y cualquier tipo de matoneo escolar en más de 500 colegios de Bogotá y la región.
Andrea buscó al rector del colegio para comentarle la idea. A regañadientes, el colegio permitió que los jóvenes mediadores del programa hicieran jornadas en el colegio para que los niños contaran todos sus problemas, las situaciones que los molestaban y les angustiaban y los casos de bullying que había entre compañeros.
Isabella por fin contó que sus compañeros Mateo y Catalina eran quienes la maltrataban verbalmente porque era la más bajita del salón. Con la intervención del joven mediador, fueron invitados los tres niños a dialogar y a entender la importancia de las diferencias. Luego de una conversación, al principio tensionante, pero amistosa al final, Mateo y Catalina le ofrecieron a Isabella una disculpa por su comportamiento inadecuado y se comprometieron a convivir en armonía sin atacarla ni a ella ni a ningún niño más.
Los niños aprendieron la importancia del respeto a sus compañeros y a todas las personas con las que conviven en el colegio. Fue tal el resultado, que la institución educativa adoptó el programa Hermes para formar a sus niños como mediadores escolares. Isabella ahora se levanta con ganas de ir a estudiar y curiosamente Mateo y Catalina ahora hacen parte de la red de mediadores que ayudan a prevenir el matoneo en su colegio.
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