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Una escuela de música para hacer ‘milagros’

En el 2003 nació en Medellín el Festival Colombia Canta y Encanta, un evento pedagógico y artístico.

El Festival Nacional de Colombia Canta y Encanta nació en el 2003 y más adelante, en el 2009, tuvo un hijo: la escuela que hoy forma a 150 niños y jóvenes en la capital antioqueña. Niños y jóvenes que recorren los festivales del país con un espectáculo de canto y baile, una explosión de alegría basada en la música andina colombiana.

El sábado pasado, en el teatro Pablo Tobón Uribe, fue la celebración de 15 años, en compañía de María Mulata y el grupo Suramérica, un hecho que marca un hito para las músicas autóctonas en las nuevas generaciones.

Silvia Zapata Durango, directora de este festival, habla de los milagros que genera la música y refiere el caso del niño que llegó a la escuela con un diagnóstico: ‘sordomudo’. Hoy es el más locuaz y uno de los líderes visibles de un grupo de niños desparpajados y sin rubores ante el público.

¿En qué momento supo que su vida tenía este sentido?

Fue un momento muy importante cuando ya llevaba desarrollada esta labor, como por el quinto año. En un estado de meditación se iluminó mi sentido de vida, me di cuenta de lo importante de servir.

¿Cuál es el diferencial de su metodología con los niños frente a tantas escuelas musicales?

Es una pedagogía: lo primero es la vocación, el colorido de la puesta en escena, la programación neurolingüística que tienen los nuevos repertorios, la circulación nacional e internacional, la articulación de la familia al proceso y establecer como una especie de comunidad en la cual hay una vibración diferente.

Ese no es nuestro objetivo. A los papás les decimos: no somos representantes artísticos. Somos formadores que convocamos a través de la música colombiana para transformar el ser humano.

¿Cuál es el papel de los padres?

Tenemos un programa que se llama desarrollo de la conciencia de la música. Se hace los sábados en un desayuno con los papás; y se habla, entre múltiples temas, del beneficio de la música en el ser humano. Cómo la vibración y la armonía de la música penetran en el ser humano y lo vuelve un ser armónico. Los papás llegan a entenderlo, y de esa forma lo tenemos tan vinculado con el niño.

¿Cómo ha sido la experiencia de viajar con los niños y los papás dentro el país y al exterior?

Muchos piensan que es que tenemos mucho dinero. Es el amor el que abre los caminos. Les dije a los papás: la música no se hace para guardarla, es comunicación. Vamos a contarle a este país qué tenemos. Estos niños necesitan exteriorizar esto que aprendieron. Entonces mandamos propuestas, audios, videos a las embajadas, y gracias a ellos hemos viajado a Austria. Conocemos el país y le cantamos con el alma. No son solo las presentaciones, sino que vamos a paseo, piscina, lugares como la hacienda El Paraíso.

¿Cuándo empezó, cuántos pedagogos tenían?

Empecé siendo yo la pedagoga, mi hija y un amigo. En este momento tenemos diez, que abarcan todo lo instrumental y vocal. Son 120 alumnos aprendiendo música con ejercicios que no son de la escuela italiana, sino bambucos, guabina, pasillos... Si veo una niña de 6 años que necesita una canción para aprender determinado reto, me fijo en su necesidad, en su edad, su energía, sus ganas, y, por ejemplo, le hago una canción a su mascota en un ritmo colombiano, y le va a gustar porque le estoy cantando a su mascota.

¿Por qué el interés en componer músicas más positivas?

Lo que pasa es que venimos de las guerras y de la esclavitud de la afrodescendencia, y tenemos mucho dolor impregnado, que se transmite de generación en generación. De ahí nacieron esas músicas y esos cantos y esos sonidos depresivos. Vino la música andina. Nuestros grandes duetos nacionales pasaron a ser inmortales porque hacían esta música, que venía muy permeada del dolor pasado. Ya ha pasado mucho tiempo, y la música no puede quedar atrás de manifestar otra realidad.

¿Por qué la música colombiana?

Porque uno no puede ser diferente de lo que es. Yo soy heredera de un bagaje musical familiar, y la música que sentimos es esa. Me crie en las fincas cafeteras, en una familia de diez hijos; todos cantábamos. Lo que se vivía culturalmente durante las recogidas del café eran las músicas andinas. Y había unas letras y una mamá que era una profesora y que cantaba bello y hacía música... Y esta niña esponjita recogió todo eso. Pero quise ir más allá.

Tomado de El Tiempo