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La música andina está más viva que nunca

Nuevas generaciones de músicos y la academia le están cambiando la cara a esta música tradicional con propuestas novedosas.

Hace 50 años hablar de música colombiana era referirse a los pasillos y los bambucos. Tan era así, que cuando las emisoras de la época querían programar ritmos que resaltaban el patriotismo no sonaban cumbias ni vallenatos, sino canciones de Garzón y Collazos, Silva y Villalba o El dueto de antaño.

Pero con el paso del tiempo, los ritmos del Caribe y más recientemente del Pacífico la fueron desplazando del imaginario colectivo y de la radio. También tuvieron que ver la llegada de música bailable, el boom de emisoras en FM que afectaron a las cadenas radiales de AM que pasaban la música tradicional y que con el tiempo desaparecieron, y el interés por destacar más lo regional, entonces invisibilizado por lo que venía del centro del país.

Así la música del interior, también conocida como andina, que abarca ritmos como la guabina, los torbellinos, las danzas, el pasillo y el bambuco, entre otros, se convirtió en un nicho. Quedó en manos de aficionados especializados que coleccionan los discos y asisten a festivales como el del Mono Núñez, en Ginebra, Valle del Cauca. Sin embargo, sus músicos no se han estancado y siguen produciendo. Han evolucionado tanto, que actualmente una generación talentosa le está dando nuevos aires con propuestas novedosas, sobre todo en materia instrumental.

De hecho, que un grupo como Los Rolling Ruanas, que mezcla carranga con rock, se haya llevado una ovación en el festival de Rock al Parque, muestra que se están haciendo cosas nuevas. Y como ellos hay otros artistas que, aunque no son tan conocidos, también tienen propuestas interesantes: se trata de bandas como el Quinteto Leopoldo Federico, que acaba de publicar un disco en el que interpreta bambucos con instrumentos de tango; el trío Palos y cuerdas, que ha grabado con saxofonistas de jazz y que alguna vez interpretó sus canciones con guitarra eléctrica; o el trío Nueva Colombia, de Germán Darío Pérez, el precursor que comenzó en los festivales a incluir sonidos más elaborados en su música.

Esa nueva generación, sin embargo, no está desligada de la tradición. Sus sonidos surgieron gracias a que interiorizaron la música que escuchaban en la casa cuando eran pequeños y la mezclaron con sonidos del mundo.

Eso se ha sentido en festivales como el Mono Núñez. A pesar de que parte del público y algunos jurados son tradicionalistas y algunas veces no reciben tan bien a las propuestas experimentales, en los últimos dos años han ganado el concurso instrumental grupos como Sankofa Trío, que hace música andina con bajo eléctrico, cuatro y clarinete, o Amaretto Ensamble, que tiene elementos del jazz.

Otro fenómeno es que los integrantes de la mayoría de esos grupos son jóvenes. Eso también tiene que ver con que la academia ha jugado un papel importante para mantener viva la música andina. Actualmente varias universidades del país como la Javeriana, el Bosque, la Distrital, la Pedagógica o la UIS tienen maestrías en tiple, bandola, música colombiana o música latinoamericana, y llevan varios años profesionalizando a los músicos, que en los inicios del género eran empíricos.

Esos semilleros ya están dando frutos, aunque hace falta más difusión en los medios masivos y el público general. Porque así como muchos sienten como propia la cumbia, el vallenato y la música del Pacífico (con ChoQuibTown o Herencia de Timbiquí a la cabeza), lo mismo debería suceder con los bambucos, los pasillos y la carranga que hacen los grupos de hoy. Porque, al contrario de lo que muchos creen, la música andina está más viva que nunca.

Tomado de Semana